En Chile promocionan turismo con visitas a las antiguas iglesias de madera de Chiloé


Iglesias patrimoniales de madera
Un elemento distintivo de Chiloé son sus iglesias de madera, construidas con técnicas arquitectónicas típicas de los carpinteros de la zona ribereña, con el aporte de la influencia de los evangelizadores.

 

Otro elemento distintivo de Chiloé son sus iglesias de madera, construidas con técnicas arquitectónicas típicas de los carpinteros de la zona ribereña, con el aporte de la influencia de los evangelizadores. Algunas de ellas fueron declaradas en 2000 Patrimonio de la Humanidad y otras pertenecen a la Escuela Chilota de Arquitectura en Madera.

Sus principales características, además del parecido entre ellas, son la construcción en madera con particulares empalmes y uniones con tarugos y clavijas y la pintura, también en vivos colores pasteles, principalmente celeste, blanco y amarillo.

Hablarle de trekking a un cordobés es casi un despropósito, porque nuestra geografía es más que propicia para esa actividad y no son pocos los que la practican cada fin de semana. Pero hacer trekking por montañas, quebradas y valles, rodeados de mar, es algo distinto.

Por eso, la invitación es pertinente. En la excursión ruta al Pacífico se sale del hotel y se hace un primer trecho en vehículo, hasta un punto en que sólo en 4X4 se podría continuar. A través de un paso natural, se cruza la cordillera de la Costa por un paisaje de lagos y bosques, con grandes helechos y árboles nativos.

Luego el trekking continúa por otros bosques más achaparrados, por la acción del viento hasta llegar a unos abruptos acantilados sobre el mar, con vistas de indescriptible belleza.

Al final del recorrido se encuentra el Muelle de las Almas, donde una escultura de madera rinde homenaje al balsero Tempilcahue. El regreso es por la misma ruta. Este paseo tiene una duración de unas cinco horas y se recorren ocho kilómetros, con un nivel de dificultad medio.

Y para que un trekking sea distinto a los que estamos acostumbrados los mediterráneos, nada mejor que combinarlo con un tramo de navegación, en el barco Williche, hacia las islas Chauques, considerada la cadena insular más linda de Chiloé.

Son cuatro horas de navegación y dos horas de caminata, con nivel de dificultad fácil. Una vez que el Williche llega a la isla Mechuque, un grupo desembarca para cruzarla de una costa a la otra, previo paso por el mirador, el punto más alto, que permite una visión panorámica de las islas.

Otro grupo, conformado por una francesa y sus dos hijos adolescentes, deciden practicar kayak, cerca de la costa y rodeando la isla para llegar al otro lado, donde se fija el punto de reunión.

Al resto de los viajeros, cuatro, les queda la misión más importante de la excursión. A bordo de un bote con motor fuera de borda, comenzamos a navegar por los canales entre las islas, divisando lobos marinos que saltan fuera del agua frente a nosotros; cisnes que nadan con sus polluelos muy cerca de la costa, y quetros, patos que no vuelan pero se deslizan rápidamente sobre el agua moviendo sus alas y que son llamados “patos a vapor”, por el efecto de espuma que hacen al batir sus alas.

La misión
Pero tenemos una misión, encomendada por el capitán del barco y sabido es que donde manda capitán no manda marinero, más bien, obedece. Juan Carlos, nuestro piloto, pone proa a 19/20 nudos hacia unos barcos pesqueros anclados a la distancia.

Cuando nos acercamos al primero de ellos, notamos cierto nerviosismo en sus tripulantes. Juan Carlos nos explica: se ponen nerviosos porque creen que somos de la Marina. Hacemos la consulta del caso y ante la negativa, reanudamos el viaje. Más allá hay otro barco; nos acercamos y nuevamente va la pregunta: “Buenas, ¿tendrá algunos marisquitos para vendernos?”. Esta vez la respuesta es positiva.

El capitán del barco pesquero se acerca a la borda y con una bolsa de gran tamaño, comienza a volcar en nuestro bote las almejas recién sacadas del mar, hasta que le decimos basta. Cuando se le pregunta ¿cuánto es?, para pagarle, el hombre responde con una sonrisa: “Nada, es un regalo, que les aproveche po”.

Dadas las gracias, emprendemos veloz regreso hacia el Williche. No queremos saber la velocidad, lo único que vemos es que la proa del bote se eleva sobre el agua y el viento nos azota la cara.

Llegamos al barco, desembarcamos nosotros (Belén, el señor chileno que se presentó como “cirujano de cabeza y cuello” y Juan Carlos) y las almejas. Carlos, el capitán del barco, aparece con un cuchillo y un bolsa de limones; Juan Carlos baja a la cubierta inferior y regresa con una botella de Chardonnay bien helado, y comienza el picnic marino más sabroso y exclusivo de nuestra existencia.

Con maestría, Carlos abre las almejas, las divide por la mitad y las dispone en una bandeja, junto a las mitades de limón. Cada uno de nosotros, también con maestría, tomamos una almeja, le echamos jugo de limón y adentro. Sibaritas con estrella Michelin.

Regresan los caminantes, cansados, acalorados; suben al barco, y la sorpresa no los deja hablar. Tampoco las almejas y el vino, que llenan sus bocas. Otra experiencia mística. El regreso es un trámite.

 

Por Redacción LAVOZ